El último informe de la FECYT revela que los contenidos engañosos se desplazan hacia la nutrición, el bienestar y los tratamientos médicos, mientras la inteligencia artificial gana peso como canal de información.

Cuando pensamos en desinformación científica, es fácil que nos venga a la mente la pandemia. Durante meses convivimos con rumores sobre las vacunas, tratamientos milagrosos y teorías conspirativas que se propagaban a una velocidad extraordinaria. Pero seis años después, el panorama es muy distinto.

La desinformación no ha desaparecido. Se ha adaptado.

El último informe Desinformación científica en España 2026, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), confirma este cambio de tendencia: hoy los contenidos engañosos se concentran sobre todo en temas mucho más presentes en nuestro día a día, como la nutrición, el bienestar, los tratamientos médicos o el cambio climático.

Puedes consultar el informe completo aquí:

👉 https://www.fecyt.es/es/tematica/desinformacion-cientifica-en-espana

Del ruido de la pandemia a las dudas del día a día

Las grandes narrativas sobre la covid-19 han perdido protagonismo y han dado paso a mensajes que, aparentemente, parecen inofensivos, pero que pueden influir directamente en nuestras decisiones cotidianas: desde qué suplemento comprar hasta qué dieta seguir o qué tratamiento considerar más eficaz.

De hecho, el 40% de las personas encuestadas identifica la nutrición y el bienestar como el ámbito donde percibe más desinformación, por delante del cambio climático (36,2%), los tratamientos médicos (31,9%) y las vacunas (28,3%).

Esta evolución demuestra que la desinformación científica ya no necesita grandes conspiraciones para tener impacto. A menudo se presenta en forma de recomendaciones, consejos de salud o vídeos breves que parecen útiles y fiables, pero que carecen de base científica.

La inteligencia artificial acelera el cambio

A esta transformación se suma un nuevo protagonista: la inteligencia artificial.

Según el informe, un 32,3% de la población ya utiliza herramientas de IA cada semana para informarse sobre cuestiones científicas. Lo hacen porque son rápidas, accesibles y ofrecen respuestas inmediatas.

Sin embargo, la propia ciudadanía es consciente de los riesgos. El 62,4% considera que estas herramientas pueden facilitar la difusión de rumores y desinformación. La paradoja es evidente: sabemos que pueden equivocarse, pero seguimos utilizándolas porque nos resultan cómodas. Como resume una de las autoras del estudio, «se consume aquello que es accesible e inmediato, no necesariamente lo que se considera más fiable».

Cuando los falsos expertos parecen reales

La IA no solo está cambiando la forma en que buscamos información. También está transformando la manera en que se crea.

Plataformas de verificación como Verificat (https://www.verificat.cat/) han alertado sobre la proliferación de perfiles generados con inteligencia artificial que se hacen pasar por médicos o expertos para recomendar suplementos alimenticios, pseudoterapias o productos sin ninguna evidencia científica. También han detectado cómo estos contenidos aprovechan la credibilidad aparente de la IA para difundir mensajes engañosos con una apariencia cada vez más profesional.

Estos casos demuestran que el reto ya no consiste únicamente en saber buscar información, sino en aprender a valorar su credibilidad.

Nos creemos más inmunes de lo que realmente somos

Uno de los datos más llamativos del estudio es que el 51,5% de la población considera que es capaz de detectar la desinformación científica. Sin embargo, solo un 18,1% cree que el resto de las personas también sea capaz de hacerlo.

Este desequilibrio refleja un sesgo muy habitual: tendemos a pensar que los demás son más vulnerables que nosotros. Y esa falsa sensación de control puede hacer que bajemos la guardia y compartamos información sin verificarla.

El informe también pone de manifiesto otra contradicción interesante: aunque la mayoría de la ciudadanía afirma confiar más en la información procedente de la comunidad científica o de los profesionales de la salud, con frecuencia acaba consumiendo contenidos a través de canales más inmediatos, como las redes sociales o las herramientas de inteligencia artificial. La facilidad de acceso sigue pesando más que la percepción de fiabilidad.

El pensamiento crítico sigue siendo la mejor vacuna

En este contexto, el debate ya no es solo tecnológico. No basta con desarrollar herramientas para detectar contenidos falsos. Es necesario dotar a las personas de criterio para interpretar la información que consumen.

Saber identificar una fuente fiable, entender el contexto de una noticia, reconocer los intereses que pueden existir detrás de un mensaje o contrastar una información antes de compartirla son competencias que hoy forman parte de la alfabetización mediática.

La desinformación científica seguirá evolucionando. Cambiarán los formatos, las plataformas y las tecnologías que la hacen posible, pero el mejor antídoto seguirá siendo el mismo: el pensamiento crítico, la verificación de las fuentes y una buena alfabetización mediática.

En Com360 trabajamos estos ámbitos a través de talleres y formaciones dirigidos a centros educativos, administraciones, empresas y entidades. Nuestro objetivo es proporcionar herramientas prácticas para identificar la desinformación, verificar la información y fomentar un consumo crítico de los contenidos que recibimos cada día. Porque, en un ecosistema informativo cada vez más complejo, formar a personas con criterio es una de las mejores estrategias para combatir la desinformación.