Hace aproximadamente un año empecé a ilustrar con una intención muy sencilla: reservarme un espacio propio para crear sin objetivos, sin plazos de entrega y sin clientes. Un hobby. Lo que no esperaba era todo lo que vendría después.

Tenía un talento latente, en silencio, pero este año me ha dejado claro que el talento, por sí solo, sirve de poco. La diferencia la han marcado las horas: los fines de semana dibujando, las repeticiones infinitas de un mismo trazo y esa mezcla de obstinación y paciencia que solo aparece cuando haces algo porque realmente te importa. La evolución entre lo que hacía en diciembre del año pasado y lo que hago ahora es la prueba más clara de que es la práctica la que escribe la historia.

Al principio pensaba que la ilustración sería algo separado de mi trabajo. Pero ha resultado enriquecer la forma en que pienso y trabajo en la agencia. Cuando dibujas, entrenas una habilidad que no suele aparecer en los manuales de marketing: la capacidad de observar con más atención, de buscar perspectivas que no habías considerado y de encontrar soluciones a través del juego, y no de la prisa. Y, de repente, te descubres trasladando todo eso al día a día: a los proyectos, a las estrategias y a la forma en que explicas la marca de un cliente.

No es casualidad. Muchas empresas —desde estudios de diseño hasta compañías tecnológicas— han integrado procesos creativos y actividades artísticas para reforzar la innovación y el pensamiento crítico. Lo hacen porque funciona: cuando las personas disponen de espacios para crear, se desbloquean. Mejora la colaboración, aflora la imaginación y aumenta la capacidad para resolver problemas de una manera más humana y menos automática. La creatividad no es un lujo; es una herramienta de trabajo. Quienes la cultivan lo notan.

Este año lo he comprobado en primera persona: crear afina el criterio, te hace más flexible y te aporta una mirada más amplia para comprender qué necesita realmente alguien cuando te pide comunicar. En mis ilustraciones cuento historias, plasmo emociones y conecto con las personas. Y, al fin y al cabo, eso es exactamente lo que hago cada día en Com360: dar forma a ideas, dar voz a las marcas y construir puentes entre lo que quieren decir y lo que la gente necesita escuchar.

Ilustrar ha sido un regalo personal, pero también una herramienta inesperada para ser mejor profesional. Una manera de recordarme que la creatividad no se gasta: se multiplica cuando la pones en movimiento. Y que cuidar ese espacio propio —aunque sea en el tiempo libre— tiene un impacto directo en cómo trabajo y en cómo entiendo la comunicación.

Un año después, puedo decir que aquel impulso inicial valió la pena. Y que seguir dibujando no es solo un hobby: es una forma de mantener vivo aquello que hace posible que mi trabajo —y yo misma— sigamos evolucionando.

Rosa Rubió | Directora de Com360