Según un informe reciente de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH), si la inteligencia artificial continúa creciendo al ritmo actual, en 2030 consumirá tanta electricidad como todo Japón. El agua necesaria para refrigerar los centros de datos podría equivaler a la que utilizan 1.300 millones de personas, mientras que su huella de carbono se acercaría a los 3.400 millones de toneladas anuales de CO₂.

Detrás de cada consulta a asistentes de inteligencia artificial (ChatGPT, Gemini, Claude, Copilot, etc.), cada imagen generada o cada vídeo creado con IA, hay miles de servidores trabajando en enormes centros de datos que consumen electricidad, agua y recursos materiales. Y esto no significa que debamos dejar de utilizarla. Significa que debemos hacerlo con más criterio.

Incluso pequeños gestos cotidianos tienen un impacto. El informe señala que, si las interacciones con los chatbots fueran más cortas y prescindieran de fórmulas de cortesía como «hola», «¿me puedes ayudar?» o «gracias», el consumo asociado a cada consulta podría reducirse hasta un 25%.

Antes de nada, conviene entender qué son realmente los chatbots. No son nuestros amigos ni nuestros aliados. Tampoco entienden el mundo como lo hace una persona. Son sistemas entrenados para generar respuestas convincentes a partir de patrones estadísticos. No tienen criterio, ni conciencia, ni conocimiento real de lo que afirman.

Precisamente por ello, hacer un uso responsable de estas herramientas es una cuestión tanto ambiental como crítica.

¿Cómo podemos reducir su impacto? Utilizando la IA como utilizaríamos cualquier otro recurso valioso.

Lo primero es tener claro qué es un prompt. Un prompt es una indicación o pregunta que enviamos a la IA para que la resuelva. Básicamente, el texto que escribimos en el chatbot.

Os explicamos los pasos:

PLANIFICACIÓN

  • Utilizar la IA cuando su aportación sea realmente necesaria. ¿Necesito de verdad su ayuda?
  • Reutilizar conocimientos y búsquedas anteriores para evitar empezar desde cero cada vez.
  • Dar una vuelta más a lo que se le pide y pensar bien los prompts.

 

REDACCIÓN

  • Definir mejor los prompts.
  • Agrupar las preguntas.
  • Reducir la longitud de las interacciones.
  • Realizar interacciones más cortas, eliminando fórmulas de cortesía innecesarias.
  • Evitar generar contenido innecesario. Texto, imagen o vídeo: todo ello multiplica el impacto. Trabajar con intención mejora los resultados y reduce el consumo de recursos.

 

REVISIÓN

  • Revisar la consulta antes de enviarla.
  • Guardar los resultados útiles para reutilizarlos en el futuro. Una respuesta bien aprovechada es una respuesta que no hace falta volver a generar.

 

Para recordar estos hábitos de forma sencilla, podemos adaptar la conocida regla de las 3R al uso de la inteligencia artificial:

  • Reduce las interacciones innecesarias.
  • Reutiliza conocimientos, prompts y búsquedas que ya te hayan resultado útiles.
  • Recicla la información, guardándola y aprovechándola en futuras consultas.

 

Al fin y al cabo, cada pregunta que hacemos a una IA activa una infraestructura que consume energía, agua y recursos materiales. El reto no es renunciar a esta tecnología, sino utilizarla con el mismo criterio que exigimos para cualquier otro recurso limitado.

Una IA más sostenible no depende solo de sus desarrolladores, sino también de las decisiones y del uso que hacemos sus usuarios.

 

Fuentes

– Universitat de les Nacions Unides (UNU-INWEH). The Environmental Cost of AI: Energy, Carbon, Water and Land Footprints (2026).

– Organització de les Nacions Unides (ONU News). «La ONU cuantifica el riesgo ambiental del uso masivo de la inteligencia artificial», juny de 2026.

– Diari ARA. «Dir ‘hola’ i ‘gràcies’ a ChatGPT té un cost: l’ONU quantifica el risc de l’ús massiu de la IA», juny de 2026.